Diario de Cuba.
Los Ángeles – 13 de Marzo de 2017.

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La fórmula de Raúl Castro para desempeñarse como jefe de jefes de Cuba, desde que heredó los cargos de su hermano, y sin poseer la verborrea oratoria de aquel, se basó hasta ahora en el clásico equilibrio del palo y la zanahoria: combinar la represión con “reformas” bien recibidas por la población. Pero ese equilibrio ya no existe. Fue roto por el propio dictador, que ahora solo da palos, sin zanahorias.

La consigna de “sin prisa, pero sin pausa” devino “represión con prisa y sin pausa” debido a factores que convencionalmente yo llamaría objetivos y subjetivos.

Factores objetivos y subjetivos

Entre los objetivos hay que destacar la devastadora crisis en Venezuela, mecenas del castrismo, el fin del padrinazgo político internacional que le dio el presidente Barack Obama al general Raúl Castro, la gradual desintegración del populismo radical de izquierda nacido en el Foro de Sao Paulo y llevado a la práctica por Hugo Chávez, Fidel Castro y sus discípulos de varias naciones, la baja en los precios de las materias primas que exporta o reexporta la Isla, la resistencia cada vez mayor de los opositores políticos y defensores de los derechos humanos, o la reticencia de los inversionistas extranjeros a arriesgar capital en Cuba, un país con leyes estalinistas de los años 30.

La Habana contaba con ver a Hillary Clinton en la Casa Blanca y que las relaciones Cuba-Washington mejorarían a base de nuevas concesiones unilaterales de Estados Unidos y mayor presión que nunca sobre el Congreso para levantar el embargo. La élite político-militar castrista no estaba preparada para una derrota de Clinton.

De las razones de tipo subjetivo son tres las más evidentes:

 

  • 1) la incapacidad de Raúl Castro y de sus colaboradores para enfrentar situaciones de crisis;

  • 2) el carácter reaccionario de los jerarcas “históricos”, aún al mando y que se resisten a aflojar la mano siquiera para imitar a China o Vietnam;

  • 3) la orden al parecer dada por el dictador a su ministro del Interior, Julio César Gandarilla, de acabar con la oposición política y la sociedad civil antes de que él abandone la presidencia del país el año próximo.

 

Infierno totalitario

Aunque la Administración Trump aún no ha esbozado su política hacia Cuba, no hay que consultar una bola de cristal para atisbar que, aun si en lo comercial todo se mantuviese igual, ya la dictadura no contará más con respaldo político ni con concesiones de Washington a cambio de nada. En el ámbito político y diplomático EEUU se va a enfrentar a La Habana y va influir en otros gobiernos para que, al menos, disminuyan o no continúen el “deslumbramiento” con Raúl Castro.

En medio de esta nueva coyuntura internacional, el de Castro acaba de ser clasificado como el único gobierno autoritario de todo el hemisferio por el grupo británico The Economist. Y el diario The Wall Street Journal calificó a Cuba de “infierno totalitario”.

Todo ello disgusta y asusta al dictador y su gente, que intentan aparentar lo contrario. Perciben no solo que son más débiles, sino que se han complicado sus planes para realizar con respaldo financiero la transición a un régimen neocastrista de capitalismo de Estado, con rasgos rusos, chinos y fascistas.

Así las cosas, el general Castro hace lo que mejor sabe hacer —más bien lo único— y en lo que tiene sobrada experiencia, reprimir, y matar si tiene que matar. Y viste a los esbirros de civil para cuando repriman en las calles parezca que es el “pueblo indignado” que responde a las “provocaciones de la contrarrevolución”. Teme que se resquebraje el control patológico que ejerce sobre la sociedad.

En medio de todo esto la crisis económica y social se torna ya insoportable, crece el descontento popular. Y la suspensión de la política de “pies secos, pies mojados” trunca la esperanza de muchos cubanos que aspiraban a emigrar a EEUU.

Como ha ocurrido en los países comunistas, para que haya cambios políticos que conduzcan a la democratización es necesario que haya una ruptura arriba, en la cúpula político-militar. A falta de una perestroika, en el caso castrista para que se produzca esa ruptura desencadenante de acontecimientos políticos debe haber presión interna y también externa. Las condiciones para ambas ya se comienzan a perfilar.

En lo externo, la presión debe ser principalmente de EEUU, el mayor proveedor de divisas de Cuba, vía remesas y viajes a la Isla —el monto de unos $6.000 millones ya debe haber superado las subvenciones venezolanas—. Es muy poco probable por ahora el levantamiento del embargo, que ya el régimen veía al doblar de la esquina. Eso desalienta la inversión de capital extranjero —ya inapetente debido a las draconianas leyes anticapitalistas—, que además necesita que sean liberadas las fuerzas productivas. Ni siquiera China, Rusia o Irán invierten en grande en Cuba.

En lo interno, la propia dictadura se encarga de aumentar la presión con su escalada represiva, que sin embargo no detiene la lucha de los opositores y defensores de derechos humanos. Todo lo contrario.

Temor a las redes sociales

Por otra parte, la dictadura está alarmada por el poder creciente de las redes sociales para difundir información interna y externa. La gente se entera de “lo que no debe”. En el PCC están preocupadísimos por el desafío de las nuevas tecnologías para el secretismo informativo y la propaganda política castrista. Y tratan de tapar los huecos por donde le entra agua a un bote que irremediablemente se va a hundir.

En tanto, en La Habana solo el anuncio de una huelga de taxistas privados asustó tanto a la cúpula político-militar que desplegaron fuerzas represivas por toda la ciudad, e incluso en algunos barrios fueron a las casas de los taxistas para obligarlos a trabajar. Pusieron en el transporte público ómnibus de escuelas y fábricas. En Santa Clara tuvo éxito una huelga de cocheros y carretoneros. Ante la prohibición de recoger pasajeros dentro de la ciudad, 200 de ellos pararon sus servicios y las autoridades de la ciudad dieron marcha atrás.

La incapacidad para manejar crisis profundas se advierte, por ejemplo, en que habiéndose agravado drásticamente la crisis económica lo razonable sería estimular a los cuentapropistas y no obstaculizarlos. El pensamiento jurásico del dictador y su equipo de Gobierno impide actuar con pragmatismo.

¿A dónde conduce semejante conducta de la actual dirigencia política castrista? Puede haber diferentes respuestas, pero salta a la vista que la nomenklatura se atrinchera en su carapacho militar, mientras aumenta la pobreza y la desesperanza de la gente.

Algunos se preguntan cómo en 2018 un Miguel Díaz-Canel, o cualquier otro jerarca que sea designado, va a recibir el cargo de presidente del país en medio de una convulsión social y política, aun cuando es sabido que el poder real seguirá en manos de Raúl Castro como primer secretario del PCC.

Los cocheros y carretoneros villaclareños que ganaron su huelga y los taxistas habaneros contribuyeron a que muchos cubanos se vayan percatando de la fuerza que tienen, y de que no hay por qué obedecer sin chistar todo lo que decidan el gobierno y el PCC.

Moraleja: el propio castrismo está creando una tormenta que más temprano que tarde va a tener consecuencias. La crisis terminal de la nación puede tener un final diferente al que cree el dictador.

 

Publicado por /Diario de Cuba/.