Naples. Estados Unidos.-

La izquierda latinoamericana llegó a su fin. El hecho de que en unas pocas naciones aun se intente reverdecer lo que nunca fructificó no da la medida de una permanencia de esta tendencia, sino de un remanente que hace lo imposible por sobrevivir a pesar de reconocer su aislamiento y su imposibilidad de renacer.

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Atrás van quedando sepultadas – y ojalá sea para siempre – las gastadas fórmulas de un socialismo que pretendieron imponer desde una aparente nueva perspectiva, ya sea como revolución bolivariana o revolución ciudadana, para los casos de Venezuela y Ecuador respectivamente, variantes dentro del socialismo del siglo XXI que promoviera el ya desaparecido Hugo Chávez con consentimiento del dictador Fidel Castro. 

Los desatinados conceptos de un incoherente sistema que poniendo la democracia como baluarte termina siempre en el totalitarismo, la imposición y la represión es hoy algo museable que solo encuentra expresión en naciones como Bolivia y Nicaragua, además de las citadas Venezuela y Ecuador, y de manera particular en Cuba con sus especificidades y esa inmutabilidad que a través de casi seis décadas resulta sorprendente.

Dos aspectos se destacan sobremanera en el contexto de estas últimas semanas en relación con el ocaso izquierdista continental, y ante todo lo que hace el oficialismo en un último intento de “salvación”.  Me refiero al grupo de protestas populares de la oposición y a las reacciones del oficialismo en Venezuela, y al conjunto de acontecimientos que en torno al tema de las elecciones de Ecuador han tenido lugar en este país.

Ambos temas han sido tratados ampliamente en diversos medios por lo que solo me limitaré a hacer mención a la marcha y al acto que han convocado los presidentes de estos dos países, quienes aferrados a ese intento de sobrevivir en medio del caos que existe en ambas naciones – y cuando se sabe que su fin es inminente– se les ha ocurrido competir con la oposición a través de sendas tenidas en contraposición a las manifestaciones que han emprendido grandes sectores poblacionales de ambos países.    

Hay una gran diferencia entre las marchas y manifestaciones que realiza la oposición y las que son convocadas por el oficialismo. En las primeras todos se lanzan a las calles de manera espontánea y en son de protesta popular y de reclamos de sus derechos.  Es lógico que existan líderes y un sentido de organización que se logra a través de un llamado, el cual resulta ser una invitación a la ciudadanía y no una imposición que se hace de manera premeditada. 

Como todos conocen en las que son organizadas por el oficialismo los participantes están obligados dado su compromiso con el sistema, en otros casos por conservar su status como ciudadanos que responden a los intereses del régimen, y muchos para lograr preservar sus cargos en el gobierno. Esto les obliga a ser leales hasta el fin de sus días.

En el caso de Venezuela, su desacreditado presidente –pretendiendo hacer la contrapartida a las acciones multitudinarias que de manera libre ha emprendido la oposición durante todos estos días, y de manera especial la gigantesca movilización nacional de este miércoles – ha querido dar muestras ante el mundo de que aún hay chavistas que le son leales y que desde su absurdo fanatismo siguen hasta la muerte las ideas que antaño abrazara Chávez, pues como se sabe, las masas ignorantes se pronuncian no por un madurismo, sino por un chavismo – fenómeno similar al de los oprimidos cubanos que han jurado ser fidelistas por siempre dejando a un lado la insignificante figura de su actual mandatario–. 

El restablecimiento del orden constitucional, la liberación de los prisioneros políticos, la realización de elecciones democráticas y el respeto al poder legal de la Asamblea Nacional, son los principales elementos por los que se ha desfilado este miércoles; aunque en realidad sería interminable la secuencia de reclamos de un pueblo que ya no logra resistir los males causados por una dictadura que solo puede competir con la de Cuba respecto al grado de crueldad y los modos de los que se valen sus líderes para evadir su responsabilidad.

Nicolás Maduro no solo ha respondido con la marcha oficialista, sino que determinó activar el plan estratégico especial cívico-militar, y firmar como aprobación para su puesta en marcha de un operativo denominado Plan Zamora en su primera fase verde, cuyo objetivo es derrotar lo que él considera un golpe de estado, así como la escalada de “violencia” – forma de agredir las acciones de la oposición- y garantizar la paz de Venezuela. 

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Fotos arriba: Manifestantes mostrando pancartas contra el dictador Nicolás Maduro en la avenida Libertador en la mañana del miércoles 19 de abril.

Mientras los venezolanos siguen dispuestos a todo por lograr su independencia, en Ecuador, la pequeña nación estremecida ante el inesperado resultado de sus recientes elecciones, se espera una reunión masiva del oficialismo que celebrará el fraudulento triunfo en la tribuna de los Shyris, una de las más importantes avenidas de la capital. 

Rafael Correa –siguiendo los pasos de Maduro– convocó a la ciudadanía para este sábado concentrarse, y de manera paradójica ha precisado que sea en favor de la democracia, la institucionalidad y la paz, precisamente lo que le ha faltado a la nación andina en los últimos años de su despótico mandato.

Con su acostumbrada ironía se refirió a los malos perdedores – haciendo alusión al líder de la oposición Guillermo Lasso y a los seguidores del Movimiento CREO-SUMA– e insistió en que los demócratas en el país son muchos más y que la oposición solo intenta “generar inestabilidad e incertidumbre”.

De cualquier forma, estos actos que en contraposición al sentir popular son organizados por las pocas dictaduras socialistas que van quedando en la región no pasan de ser un buen simulacro, y una muestra de reafirmación de lo que son capaces aquellos que en sus inicios dijeron estar junto a las multitudes en pos de la democracia, y con los años se convirtieron en verdaderos dictadores capaces de arremeter contra aquellos que una vez los apoyaron para llegar al poder.

Estas simulaciones que como muestra de un aparente poderío inexistente realizan los simpatizantes de ambos regímenes dictatoriales no cambiarán el curso de la historia de estas naciones, y mucho menos la dañada imagen de sus presidentes y del socialismo como sistema social. La oposición está en las calles dispuesta a todo. Este es el momento para venezolanos y ecuatorianos.   

 

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