CRISIS UCRANIANA O EL LEGADO DE STALIN

UNPACU (Unión Patriótica de Cuba)

Para resolver el conflicto entre Ucrania y Rusia debe respetarse la integridad territorial de ambas

El pueblo de Ucrania, al costo de un centenar de mártires, obtuvo un formidable triunfo al derrocar el régimen autoritario y gangsteril de Víktor Yanukovich. Los problemas se centran ahora en la postura asumida ante ese importante acontecimiento por el gobierno de Moscú, así como por los rusoparlantes, que predominan en el Oriente y el Sur del país.

La presencia minoritaria de los ucranianos en buena parte de su república se debe al proceso de rusificación, que comenzó con el zarismo, pero se incrementó bajo el comunismo. La cuenca del Donbass y la ciudad portuaria de Odessa, inundadas durante decenios por trabajadores procedentes de otras zonas del gigantesco estado soviético, son buen ejemplo de ello.

Mención aparte merece Crimea. Esta península se ha convertido en tema noticioso de primer orden y centro de atención de la diplomacia mundial. Hace unas horas, las autoridades de ese territorio —la única república autónoma de Ucrania— decidieron separarse de este país e incorporarse a la Federación de Rusia.

Esta maniobra no carece de antecedentes étnicos e históricos. La población rusófona predomina ampliamente en Crimea. Desde 1918, la península formó parte de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia. Pero poco antes de morir, el tirano Stalin dispuso otra cosa.

Resultan sorprendentes los enrevesados razonamientos del déspota georgiano. Molesto por la masiva resistencia de los campesinos ucranianos a la colectivización, el “Padrecito de los Pueblos” organizó y ejecutó contra ellos, en los años treinta, el Golodomor, una terrible hambruna inducida que ocasionó la muerte de más de cinco millones de seres humanos. Se calcula que otra cifra similar fue a parar a las islas del tenebroso Archipiélago GULAG.

Con esas dos medidas genocidas, el tirano del Kremlin logró frenar el desarrollo del movimiento nacionalista. Sin embargo, en 1953, el mismo Stalin, de manera contradictoria, decidió hacer un peculiar “regalo” a los ucranianos: Crimea pasaría de una república a otra. La decisión fue implementada al año siguiente, cuando ya el bigotudo georgiano había abandonado este mundo.

Es sobre esta base que surge el actual conflicto. Los sentimientos secesionistas han sido exacerbados por las poses chovinistas de los líderes y el aliento de la Administración de Putin en el Kremlin. El diferendo ha creado una situación difícil, cuya única solución razonable debe ser en base al principio de la intangibilidad de las fronteras existentes, que en su momento fuera proclamado en los Acuerdos de Helsinki. Esta sabia regla ha puesto fin a los innumerables conflictos territoriales que sufrió la vieja Europa durante siglos.

Por supuesto, el respeto a la integridad territorial de Ucrania debe ir acompañado por una política razonable de parte de las autoridades de Kíev, en el sentido de respetar las minorías étnicas que existen en ese país. En especial a la mayor de éstas, constituida por la población rusoparlante.

En el largo plazo, los ucranianos deberán tener presente las experiencias de algunas otras antiguas repúblicas soviéticas. Un ejemplo es Estonia. Al disolverse la URSS, en ese país báltico surgieron conflictos con la población rusófona, que predomina en zonas fronterizas como la ciudad de Narva. En un inicio, se habló también de la secesión de esos territorios.

En alguna medida exacerbó el conflicto la demanda de las nuevas autoridades de Tallinn: que la población no autóctona acreditara conocer el idioma local. En realidad, el nivel de conocimientos que se exigía no era elevado; pero los rusos, como malos colonos, se habían radicado allí sin siquiera molestarse en aprender las frases de uso más corriente. Felizmente, el conflicto se superó, y al momento actual la situación ha cambiado en forma radical.

Si a los rusos étnicos de Estonia les plantearan hoy la opción de reintegrarse a su Madre Patria o continuar habitando en el estado báltico independiente, su decisión sería indudable. Antes que sumergirse en el gigantesco país plagado por el autoritarismo, la corrupción y las mafias, con seguridad preferirían seguir viviendo en la pequeña república, cuyo desarrollo económico y democrático ha sido ejemplar.

Resulta razonable esperar una salida similar para Ucrania. Por desgracia, este tipo de solución se ha demorado, pues este país eslavo, desde el logro de su independencia, ha permanecido la mayor parte del tiempo bajo el control de grupos politiqueros que también han propiciado la corrupción y el estancamiento.

Esperemos que la decisión adoptada ahora por el pueblo ucraniano, que ha dejado bien claro que prefiere Bruselas a Moscú, permita el establecimiento de un gobierno progresista y dinámico, que haga surgir un nuevo estado, en el que ucranianos, rusos y otras etnias tengan acceso igual al bienestar, la seguridad y las libertades públicas.

La Habana, 7 de marzo de 2014

René Gómez Manzano

Abogado y periodista independiente

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