La gran batalla

José Daniel Ferrer - Secretario Ejecutivo de la UNPACU

No se trata de una de las famosas batallas que Alejandro Magno librara contra los persas de Darío III; no tiene que ver con las campañas de Julio Casar, ni con las conquistas de Gengis Kan; no ocurrió en la antigüedad ni en la edad media, tampoco tiene relación con Napoleón, Bolívar, Eisenhower o Zhúkov, ni con “batallas de ideas” con métodos estalinistas.

Esta singular batalla ocurrió recientemente. Pero eso no significa que haya tenido lugar en Irak o Afganistán. Aunque una de las partes involucradas por difícil que resulte creerlo se mostró más irracional que los terroristas de Al Qaeda y del Talibán… Que me disculpen los amos de por acá, sabemos que no ocultan sus simpatías hacia estos fundamentalistas. Comparten su odio por el modelo democrático occidental, aunque los del patio a veces lo disimulan.

El hecho que nos ocupa, ocurrió en un punto de la geografía de una bella isla tropical, descubierta por Colón el 27 de Octubre de 1492. Pero como dije en el párrafo anterior, se desarrolló hace muy poco tiempo, por tanto, es obvio que no se trata de ninguna de las gloriosas hazañas protagonizadas por el Generalísimo o por el Titán de Bronce. No tuvo lugar en uno de los fértiles campos por donde se movía la intrépida caballería mambisa, hoy cubiertos de marabú, gracias al modelo económico impuesto por los Castro.

Fue dura la batalla, los contendientes no se dieron tregua. Las guerras debieran evitarse siempre, la violencia nunca es buena. ¡Qué triste es ver partir al ser querido y qué doloroso saber que puede regresar sin vida! Pero terribles las consecuencias cuando todo un pueblo carece de derechos, todo debe arriesgarse, hasta la vida, por la libertad.

El ejército atacante era muy numeroso, el agredido había ocupado aquel minúsculo lugar hacia unas semanas, forzado por las circunstancias. El sitio resultaba enloquecedor para muchos. Los había visto atentar contra sus vidas con tal de salir de allí. Pero lo preferiría a la otra opción que tenía. Dentro de lo posible, lo había arreglado a su gusto y ahora, esta invasión.

Las agresoras… No, no eran amazonas, tampoco una de esas “brigadas de respuesta rápida”, que utilizan los extremistas de acá, para acosar a nuestras dignas “Damas de Blanco”. Se desplazaban por todas partes en busca de las provisiones recién recibidas por la víctima, quien, aunque siempre preocupado por la paz y la protección de todas las especies, al ver que resultaban infructuosos sus intentos de mantenerlas alejadas, decidió que no quedaba otra salida: ¡contraatacaría con sustancias químicas! Pero no del tipo utilizado por Sadán Hussein contra los Kurdos; crimen del que no se enteró la prensa oficial de nuestro país.

Alimentos buscaban las intrusas, su sustento y su salud defendía el agredido. Siempre había compartido cuanto poseía, y así continuaba haciendo con lo que recibía gracias a personas de noble corazón. Reprobaba el hecho de que, mientras unos vivían fastuosamente, otros muchos carecían de lo elemental. Era contrario al modelo intervencionista que termina empobreciendo a todos y priva a la persona de sus derechos, pero no era partidario del liberalismo extremo, que subordina todo a las fuerzas ciegas del mercado. Creía en la democracia, el estado de derecho, la Justicia Social y la solidaridad humana. Por eso se encontraba allí.

Cada vez eran más las invasoras. Decidió utilizar dos agentes químicos: el “Ciclón” y el “jet”, el primero, antibactericida producido por Súchel, el segundo, desinfectante de fabricación brasileña. Aunque muchas murieron, las agresoras terminaron burlándose de tales armas. Eran más obstinadas que Mahmoud Ahmadinejad y los Ayatolas.

Necesitaba, como último recurso, aunque fuesen 50 mililitros de combustible diesel (del que tan “generosamente” enviaba Chávez, como pago a su maestro), pero encontrar ese hidrocarburo en una Prisión Cubana es tarea bien difícil, está terminantemente prohibido, reclusos desesperados, en este mundo infernal, se lo inyectan en sus extremidades.

Como se inyectan también, heces fecales y sangre de algún enfermo de Sida.

La guerra contra estos insectos del orden de los himenópteros, que viven en sociedad, y tan diligentemente buscan ser sustento, duro más de una semana. ¡Que hormigas más bravas! Por fin consiguió unos mililitros de petróleo, mojó un paño y lo pasó por toda la celda. Logró controlarlas unos días. Luego volvieron a la carga.

Otros invasores temidos son los mosquitos, torturan durante la noche a los reos que carecen de mosquitero. Pero peor la pasan quienes además, resultan víctimas de los chinches en los destacamentos donde viven hacinados. ¡Y no hablemos de ratas y ratones! esa sería la historia de otra interminable batalla.

26 de Octubre de 2007, Prisión Provincial de Guantánamo
Jose Daniel Ferrer Garcia, condenado a 25 años de cárcel, por defender los derechos de todos los cubanos, en la Primavera negra del 2003.

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