Los nuevos ómnibus cuestan cien veces más que los de los años setenta

René Gómez Manzano

En La Habana de los tiempos del presidente democrático Carlos Prío, el aumento del pasaje en apenas dos quilos (de seis a ocho centavos) fue motivo de las protestas más virulentas. En éstas —como era usual en la Cuba pre-comunista— se destacaron los estudiantes universitarios; entre ellos uno de Derecho: Fidel Castro Ruz. El precio mencionado se mantuvo durante los primeros años del régimen revolucionario.
De cara a 1970 imperaba en Cuba una de las locas teorías enunciadas por el fundador de la dinastía: “la construcción simultánea del socialismo y el comunismo”. En la práctica, esto implicaba —entre otras cosas— ningunear el dinero; se decretaron numerosas gratuidades. En ese contexto se rebajó el pasaje a cinco centavos. Esa mengua fue única: después el proceso ha marchado en sentido opuesto. El primer aumento tuvo lugar años después, cuando el precio fue fijado en diez quilos.
A principios del llamado “Período Especial” se inauguró un nuevo modus operandi. Comenzó a prestarse un servicio adicional con una tarifa más elevada. Se trataba de unas guaguas pequeñas e incómodas, pero en las que todos los pasajeros debían viajar sentados. Los que no desearan abordarlas, podían seguir utilizando las rutas normales y pagando sólo los diez centavos.
La inauguración del nuevo servicio coincidió con la exhibición de una telenovela brasileña en la que aparecía el personaje Quarentinha, un forajido llamado así por haber hecho la promesa de matar a dos veintenas de personas. Como la tarifa de la nueva prestación era cuarenta centavos, el pueblo comenzó a llamar a los mini-buses por el mismo nombre del salteador. Una ocurrencia feliz.
Algún tiempo más tarde, el pasaje en los ómnibus normales se duplicó. Y el proceso no se detuvo ahí: con el nuevo siglo aparecieron guaguas de a peso, mientras que en las corrientes se implantó con carácter general la tarifa de cuarenta centavos. Ya para esa época estas últimas iban atestadas de pasajeros. De nuevo se empleó la misma treta: quienes montaban los vehículos más caros era sólo porque deseaban viajar más rápido, ya que existía otra opción más barata.
Hace unos meses surgió una vez más otro servicio de ómnibus especiales. En esta oportunidad se utilizó un nuevo artificio: se supone que ellos no son estatales, sino cooperativos. Se trata de mini-buses modernos, dotados de aire acondicionado y en los que —de nuevo—nadie viaja parado. Pero ya se sabe que, en nuestra Cubita de hoy, las ofertas (en particular en el transporte) suelen deteriorarse con bastante rapidez.
La tarifa asciende a “sólo” cinco pesos. Vemos —pues— que las nuevas guaguas cuestan… ¡cien veces más que las de los años setenta! Es cierto que los salarios se han multiplicado, pero como máximo por 2 y fracción. El aumento del precio resulta —pues— brutal. ¿Será el de ahora el capotazo final en este constante proceso de encarecimiento desenfrenado? En realidad, nunca se sabe. No olvidemos la frase popular que hoy está más vigente que nunca en Cuba: El camino de lo peor es infinito.
En el tiempo que llevan en funcionamiento esos taxis ruteros, ha sido palpable el aumento de su número en comparación con el de los restantes ómnibus. ¿Estaremos al comienzo de una nueva maniobra para que, en definitiva, los cinco pesos dejen de ser la excepción para convertirse en regla? No sería raro. Es así como el régimen castrista “vela por los intereses del pueblo”. Y este último aguanta. Eso sí, sin protestar.

René Gómez Manzano

Abogado y periodista independiente

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