Lo que Margallo dejó en Cuba

Diario El Mundo - España

Nelson trabaja de médico por las mañanas y de camarero por las noches. Es uno de esos cubanos tocados por la fortuna. Su segundo sueldo, por supuesto alegal, le permite triplicar los ingresos del primero. Eso, sin hablar de las propinas de los turistas de La Habana Vieja, invariablemente sorprendidos por el milagro de los paladares, esos pequeños restaurantes montados en el último rincón de un desvencijado y oscuro palacio de escaleras de mármol, ropa tendida, estatuas decapitadas y paredes apuntaladas por andamios y estructuras de madera.

afp | Vida diaria en una calle de La Habana, donde se encuentra una fábrica de tabaco
afp | Vida diaria en una calle de La Habana, donde se encuentra una fábrica de tabaco

Aún así, todos los meses sube Nelson la cuesta de enero. Aguanta con estoicismo caribeño la cola para cambiar sus pesos en convertibles (CUC) -por un tercio de su valor-; recorre con ella las siempre desabastecidas tiendas de alimentación y aguanta de nuevo la cola… Aguanta, aguanta, la verdad, con esa cara de alegría no exportable a Europa.

Al fin y al cabo, a pocos kilómetros de la ciudad, su familia sigue arando con bueyes. Y él se las arregla para conseguir las medicinas que otros buscan en las sacristías, y hasta para cambiar las bombillas fundidas de la casa. Pero sobre todo, el médico ya se hizo hace tiempo la misma pregunta que se han hecho todos, y que todos -los que se van y los que se quedan- te contestan, se lo pidas o no. En su caso, no hay futuro fuera del paraíso comunista que compense la renuncia al beso diario de sus hijos.

Nelson sabe, vagamente, que existe una disidencia. Pero a él no le interesa. En realidad, a muy pocos les interesa esa causa perdida contra los que mandan en la isla, al menos mientras ellos -ya se entiende de quiénes hablamos, ¿no?- permanezcan con vida. Hace tiempo que no ve por ahí a aquellas damas de blanco. Además, ayer mismo le comentaron unos clientes españoles que aquellos antiguos presos que pelearon por marcharse a Europa, ahora están pidiendo volver; y que eso es lo que acaba de pedir su Gobierno, en la visita de su ministro a Cuba. Sí, al parecer ha venido a La Habana un ministro español, pero en la tele no ha salido nada, y uno no tiene tiempo de leer las noticias pequeñas del Granma.

Tampoco lo ha leído, pero sí se ha enterado de que ese Gobierno va a convertir en españoles a un montón de cubanos. Es algo sobre una Ley de Memoria Histórica, y se habla de cerca de 400.000 posibles nacionalizados. A estos, piensa Nelson, ya nadie les aplaudirá en misa como cuando ahora un parroquiano consigue la carta blanca para salir de la isla.

Por el paladar en el que trabaja el licenciado también vienen españoles residentes en La Habana. Uno de ellos contrató a un colega para trabajar en su empresita de suministro de pinturas. Otro cubano afortunado. Pero oye, no tanto. Porque del dinero que el español le paga por él al Estado no le llega al colega ni la cuarta parte. También vienen diciendo desde hace tiempo que los extranjeros van a invertir a tope en el Puerto de El Muriel, pero un primo que vive cerca le ha asegurado que allí no se mueve una grúa, y que el Estado no acaba de dar las licencias.

Claro que los americanos no se lo ponen fácil con el dichoso embargo. Ya se sabe que los yankis son los culpables de todo, quién va a dudarlo… Pero caray, lo cierto es que éstos también se dejan caer, gracias a Dios, cada día más, por los paladares.

“Ahorita voy a velte, mi amol”, le dice Nelson a su cubana por el auricular de un vetusto teléfono negro de los años 50. El arte de la supervivencia alarga la vida de electrodomésticos imposibles y de cajas registradoras de museo. Y Nelson, un habitante más de esta Cuba fascinante y analógica, verá una noche más a su amol y besará a sus hijos. Con un poco de suerte, lo hará a bordo de un taxi de lata, de color chillón y con cojines, que le ha brindado, también de vuelta a casa, un patriota asalariado del Estado. Si se tercia, en algún otro rincón olvidado del camino caerá un mojito. Qué bueno que mañana volverá a lucir el sol. Mañana será otro día.

Fuente: El Mundo

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