Materialismo castrista vs. Navidad cristiana

Por el Doctor Alberto Roteta Dorado.

Santa Cruz de Tenerife. España.- La celebración de las festividades cristianas en Cuba está en relación directa con el proceso de la colonización española. Como se ha expuesto por múltiples historiadores, y de acuerdo a la documentación que ha prevalecido desde los tiempos de la conquista de gran parte de América, los españoles no solo encontraron en aquellas tierras el terreno ideal para extender su poderío político e incrementar su economía, sino que facilitaron de manera paralela el inicio de un largo período evangelizador con el que se difundía por vez primera el Cristianismo por estos parajes, en los que ya existían sus modalidades de religión, tal vez un tanto distantes de las concepciones cristianas; pero tenían con una solidez extraordinaria el establecimientos de cultos a sus divinidades, toda vez que, como diría el cubano colosal que tanto trató de hacer por nuestra América:

“Todo pueblo necesita ser religioso. No sólo lo es esencialmente, sino que por su propia utilidad debe serlo. Es innata la reflexión del espíritu en un ser superior; aunque no hubiera ninguna religión todo hombre sería capaz de inventar una, porque todo hombre la siente. Es útil concebir un GRAN SER ALTO; porque así procuramos llegar, por natural ambición, a su perfección, y para los pueblos es imprescindible afirmar la creencia natural en los premios y castigos y en la existencia de otra vida, porque esto sirve de estímulo a nuestras buenas obras, y de freno a las malas. La moral es la base de una buena religión. La religión es la forma de la creencia natural en Dios y la tendencia natural a investigarlo y reverenciarlo. El ser religioso está entrañado en el ser humano. Un pueblo irreligioso morirá, porque nada en él alimenta la virtud. Las injusticias humanas disgustan de ella; es necesario que la justicia celeste la garantice”.

Navidad

De cualquier modo, la Iglesia Católica no comprendió la esencialidad de aquellas formas ancestrales de religión e impuso un nuevo orden en este sentido. El Cristianismo llegaba a América y echaba sus raíces, las que con el tiempo se solidificaron hasta quedar definitivamente como la religión más practicada en la región. De ahí que las festividades cristianas se celebren con el mismo rigor que en el viejo continente, de donde llegó el mensaje del Cristo-Redentor para que los nativos indígenas supieran acerca del amor y la compasión predicada en las escrituras cristianas, de los milagros y sanaciones de Cristo, de grandes ceremoniales, del simbolismo de cruces, vírgenes, ángeles, altares, cirios, fuegos, y llegaran a comulgar en el sacramental acto de la misa católica.

Entre estas festividades cristianas la Navidad es una de las representativas, tan solo superada en importancia por la serie secuencial de acontecimientos –última cena de Jesús con sus discípulos, su pasión, su muerte, su sepultura mística y su resurrección al reino celestial– que se resumen en la llamada Semana Santa, aunque tal vez el espíritu festivo de la Navidad, a diferencia del marcado recogimiento espiritual que se supone envuelva a la Semana Santa, le ofrezca a la primera una aparente mayor relevancia dentro del calendario eclesiástico.

No hay un solo pueblo del mundo de la cristiandad que no espere con fervor esta etapa del año para celebrar el nacimiento de aquel que fue capaz de revolucionar los rígidos cánones de las leyes del Judaísmo, religión que le precedió históricamente, y de la cual, el Cristianismo adoptó aspectos esenciales para la conformación de su cuerpo doctrinal, aunque con el matiz liberal de la impronta de Cristo-Jesús con sus enseñanzas ético-morales fundamentadas en nuevos códigos.

La Navidad se celebra cada 25 de diciembre –en relación con el místico momento astronómico del Solsticio del Invierno–, día atribuido al nacimiento de Cristo, aunque se sabe que esta fecha es motivo de múltiples cuestionamientos y muchos historiadores se inclinan a pensar que el niño Jesús no nació justamente este día, y hasta existen investigaciones que sitúan su nacimiento antes de lo que comúnmente se cree, lo que cambia el inicio de la era cristiana para situarlo un tanto antes. Téngase presente que en la historia narrada en los evangelios sinópticos de las escrituras cristianas solo se hace referencia a un nacimiento, sin que se precise el día exacto de dicho acontecimiento.

No obstante, esto no es lo más importante, sino recordar el sagrado momento en que vino al mundo el ser escogido para que la propia Divinidad se expresara en el, y nos trajera un nuevo mensaje reconciliador mediante la asimilación del amor, el perdón, la compasión, la justicia, la humildad, entre otras tantas virtudes que se personifican en la figura de aquel que vino al mundo para cargar con los pecados de los mortales, según suele predicar la Iglesia Católica.

Hacer desaparecer, o al menos pretender que desaparezca, la Navidad entre los hombres constituye uno de los más salvajes sacrilegios que pueda llevar a cabo un gobierno. En Cuba, una vez que el régimen castrista declaró de manera pública el carácter socialista de su revolución – durante un efusivo y prolongado discurso de Fidel Castro, en abril de 1961–, se asumió el ateísmo como ley, el marxismo-leninismo como doctrina, y el materialismo más despreciable como formas de empezar a comprender la razón de ser del mundo y del hombre.

El maquiavélico dictador Fidel Castro quiso apropiarse fielmente de los cánones de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, por aquellos tiempos el modelo prototípico sobre el cual el maníaco comandante que se adueñó de Cuba y de los cubanos, basaba todas, o la mayoría, de sus determinaciones. Recordemos la expulsión de más de un centenar de clérigos en los años iniciales de su dictadura, así como la desmedida persecución hacia aquellos que siguieron visitando los sagrados templos, los que comenzaron a ser vigilados por multitudes de agentes encubiertos, algo similar a lo que hizo el estalinismo marxista en la ya extinta URSS cuando se intentó asfixiar a la Iglesia Ortodoxa Rusa, la modalidad de Cristianismo más extendido en aquel país.

Así las cosas, en Cuba se fue apagando la llama de la fe cristiana. La represión ejercida por el comunismo frenaba todo posible progreso religioso, o al menos, el poder mantener lo existente. La nacionalización masiva de todo condujo a un tipo de enseñanza estatal desprovista de cualquier vestigio de religiosidad, para en su lugar, imponer un adoctrinamiento masivo desde los primeros años de la vida. La veneración a Dios, a Cristo, a Santos y Ángeles se sustituyó por el culto a la personalidad de Fidel Castro y sus revoltosos barbudos. De las casas de los cubanos desaparecieron las tradicionales imágenes del Sagrado Corazón de Jesús toda vez que fueron cambiadas por sendas fotos de aquel que se convirtió en el dueño absoluto de Cuba y de los cubanos.

El nacimiento, como representación del momento de la llegada al mundo del Cristo-Redentor, dejó de exponerse en los comercios, los parques y hasta en los hogares de los cubanos. La tradicional Noche Buena se fue olvidando, ya no solo por la imposición castrista de abolir toda alegoría de carácter religioso, sino porque cada vez resultaba más difícil la adquisición de los alimentos con que comúnmente los cubanos se reunían en familia en una humilde cena.

La fantasía de los reyes magos, algo que se dedica de modo especial a los niños – su significado como símbolo de la expresión manifestada del carácter divino de Jesús (como estrella naciente que guió a los magos del lejano oriente) va mucho más allá de lo que la tradición nos intenta mostrar–, y que sigue en orden secuencial a los días festivos de la Navidad, también fue abolida y considerada rezago de un pasado que el cruel comandante se empeñó en hacer desaparecer por la fuerza. Las carencias y la ausencia de juguetes para obsequios, unido a la forzada desaparición de la celebración, hicieron que la Epifanía o Día de Reyes solo quedara en el recuerdo de aquellos que permanecieron fieles a la fe cristiana, aunque fueran discriminados y llevados a la marginación y el ostracismo en muchos casos.

Pero lo que resulta más insólito dentro de las atrocidades del castrismo en relación con estos acontecimientos religiosos, es la idea de cambiar el sentido a la festividad del Año Nuevo, algo que la Iglesia Católica considera de una importancia extraordinaria, y que no puede verse como un hecho aislado y descontextualizado de la etapa navideña.

Entre Navidad y la Epifanía o Día de Reyes se interpone el día de Año Nuevo, lo que representa la reafirmación del nacimiento místico y la posibilidad de que los hombres puedan emprender una nueva etapa, esto es, dejar lo viejo, lo precedente, de lo que solo asumiremos la esencia de su positividad, para enfrentarnos a un nuevo momento que nos dará la posibilidad de asumir nuevos proyectos en la vida. En el sentido filosófico-religioso se trata de una renovación cíclica que experimentan todas las criaturas, y que no solo es aplicable al hombre, sino a todo el universo en su acepción macrocósmica.

No obstante, el régimen comunista cubano inmerso en su acérrimo materialismo marxista desvirtuó el sentido de este día. Por desgracia la infausta fecha considerada como el día del “triunfo” de la revolución de Castro y sus rebeldes barbudos coincidió con el día de año nuevo, suficiente como para hacer una obligada transmutación, y en vez de esperar el nuevo año desde una perspectiva más coherente y lógica, matizada por los aires vigentes del espíritu navideño, se impuso una solemne velada en espera del nuevo aniversario de lo que los anquilosados comunistas han considerado una revolución para la historia de Cuba.

De esta forma, en la isla fueron exterminadas la misa de media noche o de gallo, la Navidad cristiana, la celebración familiar de la Noche Buena, la espera del Año Nuevo en su verdadero sentido trascendental y no en relación con el considerado triunfo del castrismo, los decorados de las casas, calles y establecimientos con los adornos que hacen alusión a la etapa navideña, las costumbres de intercambiar regalos; en fin, todo aquello que tuviera que ver con una de las más importantes festividades del mundo de la cristiandad; y aunque en el presente se pretende revitalizar el sentido de la religiosidad – en la última década la religión se volvió a reinsertar en la vida de los cubanos, aunque las instituciones religiosas permanecen bajo un estricto control por parte de agentes de la Seguridad del Estado Cubano que de manera encubierta se encargan de vigilar todo el acontecer de la nación–, existe un vacío de varias décadas como consecuencia directa de un materialismo brutal que acabó con la fe de grandes sectores poblaciones de una nación que fue eminentemente religiosa, pero que hoy, independientemente del esfuerzo y de las buenas intenciones de aquellos que intentaron mantener la fe, yace inmersa en una mezcla de materialismo impuesto, ateísmo forzado y fanatismo pseudoreligioso, pues como bien expresó José Martí:

“Preocupar a los pueblos exclusivamente en su ventura y fines terrestres, es corromperlos, con la mejor intención de sanarlos. Los pueblos que no creen en la perpetuación y universal sentido, en el sacerdocio y glorioso ascenso de la vida humana, se desmigajan como un mendrugo roído de ratones”.   

albertorot65@gmail.com

 

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